Columnistas

Política de principios

Retorciendo la ley

Juan José Rodríguez Prats | @rodriguezprats

Si polarizar es razonar, lo que está bien frente a lo que está mal (…) polaricemos donde haga falta. Fernando Savater

El sendero por el que transita la pomposamente autodenominada Cuarta Transformación es cada vez más estrecho y está asediado por alimañas.

Es indefendible la reforma al Poder Judicial. Nuestro máximo órgano de administración de justicia ha sido exhibido en su incompetencia y ha perdido respetabilidad para cumplir su delicada tarea. Ejemplos sobran: las ministras María Estela Ríos, cuyas intervenciones y votaciones han generado confusión y críticas por contradecirse o Lenia Batres frenando un cobro por casi 6 mil mdp en impuestos al ISSSTE, dirigido por su hermano. 

Es empeño infructuoso encontrar antecedentes del profundo desprestigio de la política. El daño hecho a la humanidad desde el poder, concebido para fines nobles, ha sido epopéyico, si se me permite la hipérbole.

Sin embargo, como siempre, hay liderazgos dignos de ser imitados. Ya en el siglo XXI destacan: Nancy Pelosi, Fernando Henrique Cardoso, José Mujica, Angela Merkel, Volodimir Zelenski, María Corina Machado, Mark Carney, Ursula von der Leyen y, desde luego, los papas Francisco I y León XIV. Estos diez personajes tienen muchas virtudes en común, aunque dos me parecen las más relevantes: la pasión por un ideal y la defensa de la ley. La armonía es el fin de la gobernanza; sincronización, entendimiento, racionalidad. En resumen: coordinación.

¿Qué ideal nos convoca hoy a los mexicanos? Siendo realistas, evitar un mayor deterioro de nuestras instituciones democráticas mediante la reconstitución del Estado de derecho. 

Juristas de todos los tiempos han hablado de los principios fundamentales y señalan, entre otros, los siguientes:

Generalidad, el fin del derecho es el bien común. Todos somos iguales ante la ley. En nuestro caso se legisla coyunturalmente, con dedicatoria o en beneficio de intereses particulares olvidándonos del todo. Nuestro derecho electoral ha sido producto del partidismo, es una normatividad sesgada. No se protege el valor principal: la voluntad ciudadana.

No retroactividad. Los ordenamientos, por su naturaleza, son prospectivos. No se pueden afectar derechos adquiridos. Al atentar contra la seguridad, ahora todos nos sentimos amenazados, el ambiente menos propicio para el desarrollo y el bienestar.

Su posible cumplimiento. No tiene sentido ordenar lo que de antemano se sabe que no se podrá cumplir. Sería mentir con lo que debe ser lo más respetado y respetable, nuestros códigos, que están plagados de anhelos inaccesibles.

Legislación estable. Es oprobioso que ahora se propongan cambios a la reforma ya señalada, que apenas entró en vigor el año pasado. El mensaje es claro, no hubo una concepción integral. Ni siquiera se puede calificar de serio y prudente el trabajo de nuestros congresos.

Congruencia. Es abismal la divergencia entre lo que dice la ley y la práctica de las autoridades.

Hay autores que insisten en la moralidad interna del derecho. Esto es, el proceso conforme al cual se hacen y se reforman las leyes. Si éste está viciado, carece de legitimidad.

Estudié derecho para hacer política y no me equivoqué. A este tema dediqué mi primer libro publicado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, La política del derecho, el derecho de la política. La conciencia del servidor público es la ley, ésa es la causa por la cual se juramenta al asumir un cargo. Se utiliza el verbo guardar que equivale a conservar. Esa es la obligación primigenia. 

He optado por no etiquetar a mis colegas de todos los partidos como de izquierda o derecha. Prefiero referirme a los empáticos o díscolos, conciliadores o rijosos, constructores o destructores, generosos o resentidos, dialogantes o mesiánicos. En otras palabras, quienes son leales al orden y los que pretenden subvertirlo. 

En nuestra circunstancia es difícil que quienes mandan tengan la honestidad que se requiere. Lo grave es que también se extraña el pudor y el recato.

Este artículo se publicó originalmente en Excélsior, se reproduce con la autorización del autor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *