Política

Aduanas al relevo: Marín Mollinedo deja el cargo en medio de ambiciones políticas rumbo a 2027

El titular de la Agencia Nacional de Aduanas de México, Rafael Marín Mollinedo, alista su salida del cargo en un movimiento que, más que administrativo, huele a cálculo político. Fuentes federales confirmaron que su lugar será ocupado por Héctor Alonso Romero, un perfil con trayectoria en la Comisión Federal de Electricidad.

El relevo no ocurre en cualquier momento. Se da justo cuando Marín Mollinedo ha comenzado a mover sus fichas rumbo a la gubernatura de Quintana Roo en 2027. Aunque el propio funcionario ha intentado matizar sus aspiraciones, condicionándolas a “los tiempos” y a su “responsabilidad actual”, lo cierto es que su salida anticipada de una de las áreas más sensibles del gobierno federal deja más preguntas que respuestas.

La Agencia Nacional de Aduanas no es un cargo menor. Se trata de una institución clave en el control del comercio exterior, históricamente señalada por ser un foco rojo de corrupción, contrabando y redes de poder enquistadas. En ese contexto, la salida de su titular sin una rendición de cuentas clara sobre su gestión abre la puerta a sospechas: ¿se va por estrategia electoral o para evitar el desgaste de un área donde los resultados rara vez resisten el escrutinio?

El nombramiento de su sustituto tampoco escapa a la lógica de reciclaje burocrático. Héctor Alonso Romero llega desde la CFE, una empresa que poco tiene que ver con la operación aduanera, lo que refuerza la percepción de que los cargos públicos de alto nivel siguen siendo piezas intercambiables dentro de un mismo círculo político, más que posiciones asignadas por especialización o mérito técnico.

Mientras tanto, el mensaje que se envía es contundente: las aduanas pueden esperar, pero las campañas no. En un país donde el control fronterizo es estratégico para combatir el tráfico ilegal y fortalecer la recaudación, la prioridad parece estar en la siguiente elección.

Así, el relevo en Aduanas no representa necesariamente un golpe de timón, sino otro episodio en la vieja práctica de usar el servicio público como plataforma electoral. Y mientras los funcionarios afinan su siguiente movimiento político, las instituciones quedan, una vez más, en segundo plano.

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