“Ma, ayúdame”: la historia de Pablo, el joven programador desaparecido en su búsqueda de trabajo
Pablo Joaquín Gómez Orozco tenía 17 años cuando salió una mañana del 30 de marzo de 2023 con solicitudes de empleo en mano. Era temporada vacacional de Semana Santa y, con entusiasmo, buscaba aprovechar sus días libres para apoyar en casa. Estudiante de preparatoria y apasionado de la programación, también tomaba cursos de liderazgo los fines de semana. Nunca volvió.
Dos años después, Alejandrina Orozco, su madre, revive con dolor la última noche que lo vio. Le ayudó a llenar sus solicitudes de trabajo. Hoy se reprocha esa decisión. El miedo tomó forma concreta cuando vio en televisión un rancho abandonado en Teuchitlán, Jalisco, presuntamente usado por el crimen organizado para reclutar jóvenes. Entre las prendas apiladas desordenadamente en las imágenes, reconoció algo que le heló la sangre: los tenis azules que llevaba Pablo el último día.
El caso de Pablo no es aislado. Es parte de una dolorosa estadística nacional donde miles de jóvenes, buscando oportunidades legítimas, caen en redes de reclutamiento del crimen organizado, víctimas de ofertas laborales falsas. Pablo fue uno de ellos.
A los pocos días de su desaparición, mientras la Fiscalía le exigía esperar 72 horas para denunciar, Alejandrina imprimía fotos y las pegaba por las calles de Tepic. Un joven se le acercó: «A tu hijo se lo llevaron a un rancho en Tala, Jalisco». La pista se confirmó unos días después, cuando Pablo logró enviarle un mensaje desde una cuenta de Facebook: “Ma, ayúdame, el Cártel Jalisco es el que me tiene aquí”. Estaba en Zacatecas, encerrado, vigilado por hombres armados.
Desde entonces, Alejandrina ha recorrido un camino tortuoso, enfrentando el abandono institucional. Ha tocado puertas en cuatro fiscalías —Nayarit, Jalisco, Zacatecas y Aguascalientes— sin obtener resultados. Las autoridades no han hecho efectivo el rastreo de llamadas, han negado la atracción del caso por la Fiscalía General de la República (FGR), y han omitido pruebas clave. Incluso, en Zacatecas, la han difamado sugiriendo vínculos con el crimen organizado.
“Es doloroso que digan que los jóvenes están ahí por voluntad”, dice Alejandrina, en respuesta a las declaraciones del secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch. “Si fuera por voluntad, mi hijo no me hubiera llamado pidiendo ayuda.”
Pese al dolor y la revictimización, Alejandrina no se ha rendido. El pasado lunes asistió a una reunión con la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez. Para ella, es una señal de esperanza, aunque aún sin certezas. Entre promesas y compromisos, espera que, al menos, se le permita acceder a los objetos hallados en el rancho de Teuchitlán, incluidos los tenis azules que podrían confirmar lo que el Estado no ha querido investigar.
Mientras tanto, la lucha de Alejandrina continúa, como la de miles de madres buscadoras en México: mujeres convertidas en investigadoras, defensoras de derechos humanos y símbolos de resistencia ante un sistema institucional colapsado.
Pablo sigue desaparecido. Su madre, también sigue buscándolo.
Con información de El País.

