Política de principios
Idiosincrasia mexicana
Juan José Rodríguez Prats | @rodriguezprats
Es difícil ser buenos, hay que ser héroes de nosotros mismos. Carlos Pellicer
El quehacer político desafía severamente el temple humano. En esa profesión se somete a quienes se dedican a ella a un ejercicio cotidiano de calidad personal. Vicios y virtudes afloran y se hacen presentes en las conductas y en los hechos. En la mitología griega se hablaba de dos ingredientes esenciales: pudor y justicia.
Se ha escrito mucho sobre el tema. Cada pueblo tiene “el conjunto de ideas, el temperamento, el carácter y las costumbres particulares que distinguen su concepción: la denominan idiosincrasia”. De ahí deriva el adjetivo idiosincrásico cuando pertenece a una persona o a una sociedad. Es un modo de ser sustentado en el conjunto de elementos que constituyen el carácter de quienes participan en los asuntos públicos, en la clase política.
En nuestra idiosincrasia está arraigada una idea nuclear: la preeminente autoridad de quien está en la cúspide. En el mundo prehispánico, el tlatoani (el que habla), el gobernante supremo; los 61 virreyes en la Colonia, que según historiadores no fueron crueles, sus actos de deshonestidad no fueron escandalosos y unos diez fueron buenos estadistas. En nuestra vida independiente, después del efímero imperio de Agustín de Iturbide, imitando a la nación vecina, adoptamos el régimen presidencial.
Tres personajes definieron sus más sobresalientes perfiles en el siglo XIX y la primera década del XX: Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez y Porfirio Díaz. Hay un periodo de 36 años de gobierno en el que se cuajó un estilo presidencial de mando que le dio continuidad al sistema engendrado por la Revolución mexicana: Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. Podríamos denominar este periodo como clásico. Cinco principios relevantes orientaron su desempeño:
Ruiz Cortines señalaba que el poder del Ejecutivo federal sólo tenía dos limitaciones: “El término sexenal y su sentido de responsabilidad”. Ambas restricciones están hechas añicos.
Usaban la fuerza pública, en algunas ocasiones con exceso, cuando percibían algún peligro de desorden. Hoy hay una manifiesta decisión de no hacerlo.
Designaban servidores públicos de acuerdo con cierto perfil y según los requerimientos del cargo. Había un escalafón burocrático en cada área de la administración pública. El contraste con lo actual es patético.
Había “operación política”. Esto es, las decisiones gubernamentales se instrumentaban, hasta donde era posible, sin improvisaciones y vigilando sus procesos. Los acontecimientos de los últimos gobiernos ni remotamente pueden ser considerados como resultado de una adecuada planeación.
El discurso presidencial era escaso, cuidadosamente elaborado, mensajes con cierto apoyo doctrinario sustentado en el nacionalismo revolucionario. La presencia del “jefe de las instituciones nacionales” en el territorio nacional no era frecuente. Había un equilibrio entre las fuerzas centrífugas y centrípetas en todo el aparato estatal. Se evitaba la definición ideológica para cuidar la apariencia de imparcialidad y no se personalizaban los conflictos. Todo esto brilla por su ausencia.
No estoy idealizando el pasado ni sugiero retornar a lo que hoy ya no funciona, pero tampoco puedo estar de acuerdo con quienes sostienen que todo debe ser inventado. Siempre he considerado que el primer deber es conservar y salir airoso del obligado cotejo en el antes y el ahora.
El persistente vaciamiento cultural de la política explica el alejamiento de la ciudadanía. Desechar todo lo pasado sin ponderar su valía ha sido un desperdicio sin parangón en nuestra historia.
Estamos inmersos en una decadencia que urge detener. Lo he dicho una y otra vez en este espacio. Es conveniente recordar la recomendación de los estoicos: deslindar lo que podemos cambiar, y cambiarlo, y resignarnos a lo que no podemos modificar. Así sabremos cuál es la mejor manera de adaptarnos.
Este artículo se publicó originalmente en Excélsior, se reproduce con la autorización del autor.

