Jubilados y maestros cercan Palacio de Gobierno en Tabasco: el descontento rompe la narrativa de Javier May
Villahermosa en la mañana de este miércoles vivió el peso de protestas que, aunque distintas en origen, convergen en un mismo punto: la sensación de agravio que recorre a sectores que durante décadas sostuvieron la estructura productiva y educativa del estado. Frente al Palacio de Gobierno, mientras el gobernador Javier May Rodríguez ofrecía su conferencia de prensa semanal, un grupo de jubilados y pensionados de la Comisión Federal de Electricidad y de Petróleos Mexicanos desplegó pancartas y consignas para denunciar el recorte a sus pensiones, sumándose a un paro nacional que evidencia la fractura entre la promesa de bienestar para quienes ya dieron su vida laboral al servicio público y la realidad de un ingreso que hoy no alcanza para lo básico. No se trataba de una manifestación improvisada ni de un reclamo marginal: eran hombres y mujeres que encarnan la memoria energética de Tabasco, el estado que alimentó durante años al país con petróleo y electricidad, y que hoy exigen que el Estado no los despoje de la certeza económica que les fue prometida cuando firmaron su retiro.
Horas antes, las calles del centro fueron tomadas por otra marcha que terminó confluyendo en el mismo epicentro político. Maestros, acompañados por integrantes de asociaciones civiles, avanzaron hacia Plaza de Armas para expresar su rechazo a la reforma a la Ley del ISSET, un cambio legislativo que, desde su perspectiva, vulnera derechos adquiridos y pone en riesgo la estabilidad de su sistema de seguridad social. La movilización, alineada con la ruta nacional de la CNTE, no se limitó al gremio magisterial: sumó voces de padres de familia, jóvenes y organizaciones que ven en la reforma un síntoma más amplio de decisiones tomadas sin diálogo real con los afectados. La coincidencia de ambos contingentes en el corazón político de Tabasco no es casual ni meramente logística; es la expresión de un malestar acumulado que encuentra en la plaza pública el único espacio donde todavía se puede exigir ser escuchado cuando las mesas institucionales se cierran o se simulan.
El contraste entre lo que ocurría dentro y fuera del Palacio de Gobierno resulta revelador. Mientras el discurso oficial enumeraba avances sobre remodelación del parque museo la venta, entre otros puntos «favorables», afuera se desbordaba una realidad que no cabe en los indicadores: ex trabajadores de la industria energética reclamando el respeto a sus pensiones y docentes defendiendo un sistema de retiro que consideran patrimonio laboral. La respuesta del gobierno estatal ha sido, hasta ahora, administrar el conflicto desde la distancia, apostando a que la normalidad burocrática diluya la protesta. Pero las calles de Villahermosa este miércoles demostraron que la paciencia social tiene límites, y que cuando se toca el ingreso de los jubilados o la certeza de los maestros, se toca también la fibra más sensible de la cohesión estatal. Tabasco no puede darse el lujo de ignorar que quienes hoy marchan fueron los que educaron a sus hijos y sostuvieron su economía petrolera; desoír su reclamo es abrir una grieta que ninguna conferencia de prensa podrá cerrar con palabras.
Lo que se vivió en Plaza de Armas trasciende la coyuntura de un miércoles de plantones. Es la radiografía de una relación cada vez más tensa entre ciudadanía y gobierno, donde las decisiones de escritorio chocan con biografías concretas: el ex trabajador de Pemex que hoy hace cuentas para comprar medicinas, la maestra que ve cómo se modifica su esquema de retiro sin haber sido consultada. La exigencia no es solo económica, es de dignidad y de reconocimiento. Si la autoridad insiste en tratar estas movilizaciones como ruido pasajero, corre el riesgo de convertir el descontento en un síntoma crónico de su administración. Porque cuando los jubilados y los maestros coinciden en la plaza, no solo colapsa la vialidad de la capital: colapsa también la narrativa oficial de que en Tabasco todo marcha conforme al plan. Y frente a ese colapso, el silencio o la minimización ya no son una opción políticamente sostenible.
Corresponsal: R.M.

