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Balas, fuego y sindicatos: la México-Puebla se convierte en campo de batalla por contratos… sin detenidos

La autopista México-Puebla dejó de ser vía de tránsito para convertirse en zona de guerra. A plena luz del día, a la altura de Santa Rita Tlahuapan, un conflicto entre sindicatos de materialistas escaló a balazos, quema de unidades y ataques contra automovilistas. El resultado: caos, miedo y, otra vez, ninguna detención.

Sujetos encapuchados protagonizaron la violencia. Dispararon, incendiaron al menos dos camiones —uno en cada sentido— y apedrearon vehículos que nada tenían que ver con la disputa. Conductores quedaron atrapados en medio del enfrentamiento, expuestos a una escena que evidenció lo que ya es costumbre en muchas carreteras del país: la ley ausente.

La respuesta oficial llegó tarde y en modo contención. La Guardia Nacional y la policía estatal intervinieron cuando el daño ya estaba hecho. Horas después, la situación fue “controlada”, según autoridades. Controlada, pero sin responsables. Controlada, pero con pérdidas materiales y riesgo real para civiles.

El secretario de Gobernación estatal, Samuel Aguilar Pala, confirmó que el origen del conflicto fue la disputa por un contrato de reencarpetamiento. Es decir, la obra pública como botín. Dos sindicatos peleando a tiros por un tramo federal, mientras el Estado observa, exhorta al diálogo… y llega después.

Caminos y Puentes Federales redujo carriles para sofocar el incendio y retirar las unidades, pero el colapso vial se prolongó durante horas. La afectación fue total: circulación detenida, usuarios varados y una muestra más de que la infraestructura también es rehén de intereses y violencia.

El mensaje es claro: no hubo heridos, dicen las autoridades. Pero sí hubo impunidad. Porque cuando un enfrentamiento armado ocurre en una de las principales autopistas del país, frente a decenas de testigos, y nadie es detenido, lo que queda no es sólo el humo de los camiones quemados… es la confirmación de que el control del territorio sigue en disputa.

En la México-Puebla, la obra pública se pelea a balazos. Y el Estado, una vez más, llega tarde… y se queda corto.

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