Más deuda, más ocurrencias y la factura para los ciudadanos: el sexenio de Javier May arrancará 2026 en números rojos
Javier May Rodríguez no es el gobernante austero y eficaz que vende la propaganda oficial. En los hechos, Tabasco tiene hoy a un gobernador débil, desordenado y sin rumbo, atrapado entre su incapacidad para administrar y una realidad fiscal que lo desnudó en tiempo récord. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) le recortó de manera drástica las participaciones federales, y con ello dejó al descubierto un gobierno que gastó sin planeación y sin control.
Durante el año que está por concluir, May actuó como si Tabasco fuera a recibir “cerros de dinero” desde la Federación. Se lanzó a gastar como si el flujo fuera infinito. La realidad fue otra: el estado cerrará con un déficit que oscila entre los 2 mil y 4 mil millones de pesos, una bomba financiera que compromete las finanzas públicas y el futuro inmediato de la entidad.
Para 2026, el panorama es todavía más revelador. De no ser por el endeudamiento por 2 mil 010 millones de pesos que le aprobó sin chistar la mayoría morenista del Congreso local, el presupuesto de egresos sería prácticamente el mismo que el de 2025. Es decir, sin deuda, el gasto público ni siquiera crece al ritmo de la inflación. No hay expansión, no hay desarrollo, no hay proyecto: sólo maquillaje contable.
El mensaje es claro: el gobierno de Javier May se sostiene a base de deuda y discurso. Sin ese empréstito, su administración estaría paralizada. Y aun con él, lo que se vislumbra no es inversión productiva, sino más programas clientelares y obras públicas dirigidas a los constructores de siempre, esos que convierten cada sexenio en un negocio redondo.
Los tiempos que vienen no son buenos para los tabasqueños. Para financiar sus ocurrencias y mantener una narrativa que ya no se sostiene, May buscará meter la mano en el bolsillo de los contribuyentes. Más cobros, más presión fiscal y más sacrificios para la ciudadanía, mientras el gobierno sigue sin equipo, sin orden y sin resultados.
La pregunta queda flotando, incómoda pero necesaria: ¿de verdad no se sabía?, ¿de verdad para esto votaron?

