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AMLO y la violencia en un país que no le da significado a las palabras

Por Pedro Esteban Roganto | @PRoganto

 

Las dramáticas imágenes que conocimos en directo la tarde del sábado y los testimonios posteriores sobre la irracionalidad con la que actuó un grupo de personas en contra de otro en el estadio de futbol de Querétaro, exhibieron los terribles niveles de intolerancia y de odio que hemos albergado durante mucho tiempo, y que están causando una descomposición social que empieza a tener implicaciones y afectaciones concretas en nuestra convivencia.

Ahora es el deporte, pero más tarde que temprano, la falta de tolerancia y de comprensión hacia el que piensa distinto y al que tiene otra preferencia, llegará a manifestarse violentamente en los terrenos que por naturaleza humana son más proclives al desencuentro, como son la política y la religión.

Por eso, hay que aceptar que nos quivocamos como sociedad al tolerar e incluso sumarnos a los gritos de odio en los estadios de futbol cuando el portero del aquipo contrario despejaba el balón. Muchos justificaron que el “ehhhh puuuuuto” tenía otra connotación, que era parte de la “cultura” del mexicano y de la fiesta del futbol, cuando en realidad, la palabra al convertirse en grito es lo que debió detonar las alarmas sobre lo que se estaba gestando.

De hecho, la falta generalizada de significado de las palabras en el ente colectivo llamado México, es algo que debe preocuparnos. Vivimos en un país en el que “muertes del narco”, “homicidios dolosos”, “secuestros”, “muertos por Covid19” y “periodistas asesinados”, lo mismo que “prensa vendida”, “sicarios mediáticos” ó “conservadores golpistas”, parecen no decirnos nada sobre nuestra realidad, cuando deberían generarnos la misma indignación que nos causó ver cómo pateaban, herían y desnudaban cuerpos inertes en el estadio de Querétaro.

Sin duda, la violencia ocurrida el sábado es uno de esos hechos que procesados correctamente, pueden llegar a convertirse en parteaguas para cambios trascendentales en la sociedad, pues nos confrontó a los mexicanos con nosotros mismos al colocarnos ante el crudo espejo del país que tenemos y de la realidad que hemos construido.

Un país se forja con el esfuerzo diario de todos, pero se define ante los demás y ante nosotros, y toma rumbo con las palabras. Darle a cada una el peso que tienen, no sólo semántico sino concreto, sin dejar de dimensionar su significado abstracto, debe ser un reto para recomponer la ruta a la que nos está llevando un nivel cada vez más preocupante de desencuentros.

La responsabilidad es de todos, pero es lógico, la administración pública es la que tiene el mayor poder de difusión de todo lo que se expresa en el país. En este sexenio, como en ningún otro, el Presidente de México está convertido en el principal emisor de las palabras colectivas, de esas que no sólo imponen agenda, sino que son capaces de construir percepciones opuestas incluso a la realidad, de adoctrinar, de fidelizar a los leales y linchar a los adversarios, de generar sentimientos o resentimientos, de unificar al país o de dividirlo.

Lo más peligroso del discurso presidencial es justo que alienta la intolerancia y que propicia el odio. De ahí que igual que con el grito en los estadios que nadie tuvo el valor de mandar a callar, se vuelva indispensable en estos momentos insistir en que el presidente Andrés Manuel López Obrador no puede seguir utilizando los recursos del gobierno y del Estado Mexicano para difundir al amparo de una libertad de expresión que no le corresponde, expresiones polarizantes que además, normalizan lo que no vimos antes en el futbol: la violencia, por ahora verbal, contra los que piensan distinto, contra los que no son de su equipo.

Hay que tener presente que la intolerancia como preámbulo a la violencia no recorre necesariamente un largo camino. Empieza por negarse a aceptar al Otro tal como es, pero tiene muchas expresiones que comienzan a manifestarse con rapidez, como creer que sólo uno tiene la razón, que sólo hay una ruta y que cualquiera que se niegue a seguirla es un conservador o un traidor. Como en el futbol, en nuestra vida diaria hay palabras y gritos que nos advierten todos los días la violencia que viene. Y no estamos haciendo lo necesario para evitarla.

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