Opinión

EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

 

Decencia política

Óscar Constantino Gutiérrez | @TheOCGlobal

 

En el juego del poder, el maquiavelismo sostiene que el fin justifica los medios. Pero eso no implica que el maquiavélico se libre de las consecuencias de sus acciones.

Grabar conversaciones privadas, difundirlas por redes sociales o filtrarlas a decisores políticos son parte del manual del miserable sin maestro. El siguiente nivel de inmundicia requiere más trabajo, programar escándalos, quejas, denuncias o reclamos se parece más a la labor de un inquisidor que a la de un grillo barato con un cronograma, pero en todos los casos el motivo es el mismo: crear una imagen del adversario o competidor —real o ficticio— lo suficientemente negativa para sacarlo del camino. Ya expuesta la ficción, lo demás es mercadotecnia y propaganda.

Así como el motivo es común, también lo son las consecuencias: el que juega a las intrigas debe esperar una respuesta de, al menos, el mismo nivel de daño que el que causó. Usualmente es mayor. Por ello no son raros los casos de políticos ejecutados o desaparecidos de los que el público no sabe la causa del ataque. No existe duda de que una gran mayoría de los casos son retaliaciones por actos del pasado, de los que, las ahora víctimas, se creyeron triunfantes e impunes.

Y esta explicación no es una reedición de la sentencia calderonista de «los ejecutaron porque eran pillos». Una cosa son unos jóvenes desaparecidos, otra un político con cargo que de repente se esfuma o le secuestran a la familia. Lo mismo puede decirse de sujetos que hacen política —de esa manera— desde fuera del gobierno, tanto en los medios como en el sector privado.

El problema de andar de intrigoso es que el grillado siempre —siempre— puede acudir a un agente con más poder para equilibrar la balanza u obtener una venganza. En casos de frontera, como el de Salgado Macedonio y los eréndiros, el fiel de la balanza es el hombre con más poder político en el país. Quizá Salgado se quede sin su candidatura a gobernador —no es seguro—, pero los conspiradores ya están en la mira de alguien que quiere que respondan de sus intrigas.

Debe entenderse algo: la resolución de la Comisión de Honor y Justicia de Morena no le quitó la candidatura a Macedonio, la reposición del procedimiento sólo abre la puerta a una salida tersa para el aspirante, si es que el presidente López estima que ya no es tan electoralmente rentable. Pero también es una vía para que Andrés Manuel se mantenga en sus trece y Salgado siga como ungido del macuspano.

El punto central es que a Morena poco le importa la solvencia moral de sus candidatos: en política, esa cualidad sirve para los pretextos, no para escoger los mejores perfiles. En ese enfoque realista, lo único que cabe es la decencia política, consistente en respetar las reglas del juego: no grillar a tus compañeros de trabajo, equipo o facción partidista. Quien lo hace, pone su destino en manos de los que afecta.

A López Obrador ya le costó bastante la necedad voraz del clan Ackerman-Sandoval y, en su molestia, ya dejó ver la mano: la comisión de honor y justicia tuvo que tragarse el sapo de exonerar a la bestia misógina y Mario Delgado dejó claro que no hay prisa en ejecutar el resolutivo de ese organismo que instruye la reposición del procedimiento.

La ingenuidad de todos los que aplaudieron una resolución que no entendieron sólo evidencia que pueden más la ganas que la comprensión, pero, como ya lo sugirió Eduardo Albornoz, López Obrador nunca romperá el pacto: no le interesa, ni le conviene. En esta ópera bufa, hasta los conspiradores son misóginos, no esperemos decencia política de sujetos que serían capaces de apuñalar por un cargo.

Así que nadie se sorprenda si Salgado conserva la candidatura, si Nestora lo sustituye o si el polémico sujeto termina de cónsul en Medellín: el que decide no va a crucificar a su amigo. No lo hará aunque le paren el país de cabeza: primero deja que se fugue en un barco bananero que entregarlo a la justicia.

La conclusión también es la premisa: en un país de miserables, no hay justicia, sino castigos a conveniencia. Y ajustes de cuentas...

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