Opinión

EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

 

Noticias del Presbiterio

Óscar Constantino Gutiérrez | @TheOCGlobal

 

Castillo de Chapultepec, México. Diciembre 18 de 2020. A pesar de que mis restos descansan en Francia, mi fantasma recorre estos muros, suelo quedarme en el boudoir que construí cuando aquí vivía… aquí vivía… ¿ya no vivo? Quizá debería decir «cuando no era un espectro». No sé por qué mi alma permanece aquí y no en Orizaba, Montparnasse, Icamole, Las Peñas o en Oaxaca. Tal vez porque aquí fue donde me sentí más feliz, donde creí que hice más por mi patria.

Pero también en Chapultepec es donde menos paz tengo, llevo cien años de morar por aquí y los últimos setenta y cinco de no aguantar la presencia física de mis sucesores, mas la intensidad del ruido no varió: las tonterías empezaron a venir de lugares más lejanos, primero desde Los Pinos y después de Palacio Nacional, para ellos aplicaba el dicho del matancero respecto a los chillidos de los marranos, no los tomaba en cuenta, así como hacía con Zúñiga y Miranda, aunque esa medida se ha hecho inútil con el tiempo…también hay lamentos que, aunque vienen de todos lados, cada día son mayores y no puedo ignorarlos, me causan profunda tristeza, escucho el llanto de las madres por sus hijos muertos o desaparecidos, el sollozo de los que perdieron su sustento, de los que sufren robos y otros delitos, los ayes y gemidos vienen de Yucatán, Chihuahua, Michoacán, Veracruz, Tamaulipas, los antiguos territorios, Guanajuato, la ciudad de México, de mi amado Oaxaca… no sólo oigo a los vivos, también a los que, como yo, vagan por este mundo. No sé por qué tiznados a veces viene gente de mi tiempo y de después, como dicen en mi pueblo. Entiendo que Miramón quiera platicar conmigo, pero no que Ortiz Rubio o López Portillo intenten charlar conmigo, las primeras veces los toleré, ahora lo que hago es dar ululatos y jugarle al que no oigo, hasta una cadenas jalo. Funciona. A veces me encuentro a Francisco por aquí y me dice «¿ya ves que tenía razón? ¡Si yo era muy buen médium!». ¡Medio tarugo es lo que es! Pero lo compadezco porque sufre más que yo, sobre todo cuando lo invoca el fulano ese que acaba de irse a vivir a Palacio Nacional.

Cuando resollaba, solía decir que los mexicanos querían trabajos de horario corto, para irse a los toros. Ahora no van a los ruedos, sino al fútbol, ese que trajeron los ingleses a las minas de Pachuca, pero las aspiraciones son las mismas: ¡no han progresado desde que me fui! No hay diferencia entre Bustamante, Santa Anna y los charlatanes que ahora los embaucan. Y puro burro tienen en los puestos de gobierno, me acuerdo de cuando le decía a Pepe Limantour que Guillermo Prieto era un bembo y que los hermanos Lerdo le hacían honor a su apellido, ja, ja, já. Pero veo a los actuales y hacen que aquellos parezcan genios.

Me duele mi México, cuando partí a Europa tenía la creencia de que se compondrían, pero ya que los políticos dejaron de matarse entre sí, pasaron a matar de hambre al pueblo. Yo sufrí una revuelta porque hubo sequía, pero, en mis tiempos, lo usual era que todo el mundo comiera, aunque le debieran a la tienda de raya: no me justifico, pero ahora le deben tres vidas a la tarjeta de crédito y no tienen lujos. ¿Cuál progreso? Yo me preocupé por traer tecnología al país, pero cada vez que hay temblores se confirma que la gente se muere porque construyen mal, peor que cuando yo andaba en batallas contra la legión extranjera.

Y este año ha sido muy malo, además de todos los muertos de los criminales, también escucho los lamentos por la epidemia. Ya era un espectro cuando sucedió la gripe española… y parece que en México no aprendieron nada. Como lo confirma el proceder del chicharronero ese que vive en Palacio, que no se protege y le dice a la gente que no se cuide, Carmelita me regañó por decirle chicharronero, me explicó que ahora se condena decirle a las cosas como son, creo que le llaman clasismo a esa ancheta. Pero, a partir de que el fulano la confundió con Margarita, la esposa de Benito, ya no me ha reclamado, hasta creo que la escuché decirle «pinche viejo menso», pero ella habla bajito cuando maldice. Tal vez lo imaginé.

Al menos antes escuchaba burradas a ratos desde Los Pinos, pero tengo dos años de soportar rebuznos durante dos o tres horas diarias, pero desde Palacio Nacional. Las noticias del presbiterio ya son para hartarse: yo siempre he sido creyente, pero no me rajé la zalea para que gobernara un tonto más clerical que Bustamante o un loco ensoberbecido peor que Santa Anna cuando se nombró «Alteza Serenísima». Sé que Benito está enojado, no he querido platicar con él, aún no lo perdono, pero, si a mí me molesta ese sujeto, imagino la tirria que le tiene mi paisano, ya que lo usa de pretexto y posa como si fuera su hijo político. Seguramente, si nos sentáramos a comer una nieve de tuna, como antes, me diría: «cuál hijo mío, ese es un jijo de la tiznada». 

 

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