Opinión

Política de principios

 

Juan de Dios Castro Lozano

Juan José Rodríguez Prats | @rodriguezprats

 

Nos conocimos en condiciones nada propicias para ser amigos. Éramos adversarios. Él, panista, yo, priista. Temible en la tribuna, feroz en su argumentación, contundente en sus conclusiones. Lo observé en el Colegio Electoral y le tuve miedo. Cuando se inició la LV Legislatura (1991-94), fecunda en el debate por las profundas reformas que se hicieron, lo rehuí hasta que llegó la ocasión de discutir la Ley de Ingresos. Fue una confrontación jurídica, con decencia y cultura. Por el PAN participaban él y Fauzi Hamdan. Por el PRI, Juan Ramiro Robledo y yo. Perdón que me adorne, pero ahí está el Diario de Debates para quien lo dude.

Siempre acompañado de otro gran señor, don Gabriel Jiménez Remus, nos saludábamos con una respetuosa reverencia. Adusto, solemne, atildado. Casi al final de la legislatura (12/05/1994), al no ser postulado a la senaduría, renuncié al PRI. Sin que nadie me invitara, toqué las puertas del PAN. En ese trance difícil, fui recibido con enorme generosidad por Carlos Castillo Peraza. En aquellos años, esos brincos de partido eran escasos y, más aún, del PRI al PAN.

En una comida con don Gabriel, sin más preámbulo, Juan de Dios me espetó: “Usted no me convence, no creo que sea un converso sincero. Me genera grandes sospechas”. Únicamente le respondí que me concediera el beneficio de la duda. Procuré inútilmente su aceptación hasta que desistí, pensando que nunca cambiaría de opinión.

Sin embargo, para mi sorpresa, al paso de los años nació un gran afecto e identificación. Descubrí que, detrás de esa aparente rigidez, había un ser humano de gran candor, sencillo, lleno de bondad, buen cristiano.

Nuestra convivencia, aunque espaciada, era intensa y plena. Desde el inicio, con algún aperitivo de arranque, se manifestaba un hombre claridoso y culto. Nuestras conversaciones eran largas y me generaban un gran gozo espiritual. Recuerdo especialmente un encuentro en su natal Lerdo, rodeado como un patriarca de su gran familia y, a su lado, su esposa y su hermana Rosario, grandes seres humanos con los que ha sido un privilegio convivir.

Nunca hubiera ganado una elección. No era un hombre que generara simpatía al inicio. Fue senador y cuatro veces diputado por la vía de la representación proporcional. Su legado doctrinario está contenido en varios libros y, desde luego, en el Diario de Debates de ambas cámaras. Su defensa del PAN y de sus principios siempre destacaban como ideas nucleares.

Criticaba la “pasividad de los buenos”, esa actitud conformista de no inmiscuirse en la política porque es sucia. Su principal preocupación era dejar testimonio de su reclamo. Permanente crítico de los abusos del poder, su escudo era la ley. Su idea recurrente, la vinculación inextricable y necesaria de la política y la ética. Repetía machaconamente que, o te metes a la política, o la política se mete contigo. En otras palabras, la política es un asunto de todos e irremediablemente, por acción o por omisión, nos hace responsables de sus resultados.

Una de sus ideas centrales: “El deber es un bien que obliga”. Me atrevería a agregar que evitar un mal mayor es también un deber. El triste dilema de enfrentar una amenaza, de diluir un peligro, de disminuir un riesgo. Esa es hoy la situación en México que nos constriñe a encontrar coincidencias y sumar voluntades.

Hace poco me correspondió el honor de invitarlo a un foro en el cual participó con su vehemencia acostumbrada, sosteniendo los ideales panistas. A los pocos días me llamó para darme las gracias. Le respondí que la vida me concedía el privilegio de su amistad como consecuencia de la sinceridad y la honradez.

Juan de Dios ejerció la virtud esencial de la política: la congruencia. Su voz y su vida son ejemplo que nos deben inspirar hoy y siempre.

 

Este artículo se publicó originalmente en Excélsior https://www.excelsior.com.mx/opinion/juan-jose-rodriguez-prats/juan-de-dios-castro-lozano/1421480, se reproduce con la autorización del autor.

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