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Pandemia e inundaciones: ¿se atrofió el olfato y la visión de López Obrador?

Deyvin Ramírez Gálvez* | @DeyvinRaga

 

Parece que al presidente han empezado a hacerle mella los elogios y la altísima disposición de su gabinete a no contradecirlo.

 

Una de las características del perfil político del presidente Andrés Manuel López Obrador, que ha sido clave para llegar a la presidencia de la república, es su olfato político. Como pocos, el tabasqueño percibe a cientos de kilómetros lo que se piensa en determinado sitio del país o la próxima jugada de sus adversarios, de modo que lo que él a veces llama “suerte”, no es otra cosa que su capacidad para leer y para comprender la realidad, y su disposición de adelantarse a los escenarios para sacarle raja a los problemas, para evitarlos o para resolverlos. 

La presión que metió al gobierno federal en tiempos de Carlos Salinas de Gortari y de Ernesto Zedillo, bloqueando carreteras, pozos petroleros y marchando a la Ciudad de México, eran resultado no de una simple ocurrencia para ganar popularidad, sino de la lectura correcta de la realidad imperante en ese momento, en un estado donde la percepción generalizada era que la Federación retribuía muy poco por la riqueza petrolera que extraía de su subsuelo.

En política, oportunidad y oportunismo marcan la diferencia. Miren por ejemplo esto: en los primeros días de enero de 1992, Marcelo Ebrard se acercó por primera vez a López Obrador con una propuesta de parte del presidente Salinas de Gortari, para que él y sus simpatizantes desalojaran la Plaza de la Constitución. El tabasqueño había salido el 20 de noviembre anterior desde Tabasco, en una caminata a la que denominó “Éxodo por la democracia”, para reclamar lo que llama el segundo fraude electoral que le hicieron en su vida. El primero fue en 1988, cuando perdió como candidato a gobernador del Frente Democrático Nacional (FDN) ante el ex senador Salvador Neme Castillo.

Pues bien, el sentido de oportunidad de López Obrador se remarca en el hecho de que la multitudinaria marcha llegó al zócalo de la capital del país el 11 de enero de 1992, justo a unos días de que el gobierno mexicano firmara, como intermediario, el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de El Salvador. Pero para que eso ocurriera sin que un problema doméstico atrajera los reflectores, Salinas necesitaba el retiro inmediato de los manifestantes tabasqueños que habían sido recibidos como héroes por la plana mayor de la oposición, encabezada entonces por Cuauhtémoc Cárdenas.

Fue de ese modo que López Obrador y su prodigioso olfato político, le ganaron por primera vez al sistema. No sólo logró revertir las derrotas en Cárdenas, Nacajuca y Macuspana, municipios que tuvieron a las primeras autoridades de oposición en el entonces “edén priista” tabasqueño, sino lo más importante, selló el futuro del gobernador tabasqueño Salvador Neme Castillo, quien fue obligado a solicitar licencia el 28 de enero siguiente y abandonó el estado en medio del júbilo opositor. El oportunismo fue salinista; tenían a mano la solución al problema y actuaron en consecuencia.

Pues bien, esta ha sido la historia de López Obrador, un político que se manejó con la agenda en la mano, con la lectura de la realidad sin intermediarios y con ese olfato político para ofrecer no sólo los diagnósticos que quería escuchar la gente, sino las soluciones que demandaba la sociedad. Así se ganó el 2018. En el ínter, AMLO logró todavía algo mejor: aprendió que la agenda es importante, pero es mejor imponerla, no supeditarse a ella. De modo que todo lo demás es ahora, historia.

El apunte viene a cuento porque pareciera que los aires de Palacio Nacional han terminado por atrofiar el olfato y la visión del presidente. Justo cuando es más importante tener ambos sentidos afinados, parece que han empezado a hacerle mella los elogios y la altísima disposición de su gabinete a no contradecirlo, como si el presidente fuera un personaje que no delega y que no escucha, que cree tener toda la verdad de su lado y que no acepta que lo contradigan. Así no logró llegar a la presidencia. Así no hubiera llegado nunca.

Me aterra que ese nivel de incapacidad de asumir una responsabilidad con las instituciones y con el gobernante que le otorgó el cargo, llegue al extremo de poner en riesgo la vida de personas. Por ejemplo, cuando comenzaba la crisis por las lluvias, seguramente fruto de su preocupación, el presidente ordenó que las presas del río Grijalva no desfogaran la cantidad de agua que estaban enviando a la planicie tabasqueña y ningún funcionario, ningún técnico en la materia se atrevió a decirle que eso no era recomendable dado que estamos en plena temporada de huracanes. Dos semanas después, la situación fue peor y se tuvo que dar la orden de inundar.

Otro ejemplo es lo que ocurre con el Covid19. El presidente parece estar confiando ciegamente en los informes del subsecretario Hugo López-Gatell, como si la estrategia contra la pandemia fuera exitosa. Si alguien de la confianza del presidente se lo explicara con las cifras oficiales, seguramente comprendería que dedicarse únicamente a administrar la capacidad hospitalaria y las estadísticas, no ayuda en nada a la contención del virus. Dar ruedas de prensa diarias no está resolviendo el problema. Hay que buscar el equilibrio entre la libertad individual de los ciudadanos y la obligación del Estado de evitar más muertes. Si un paternalismo aceptaríamos con gusto los mexicanos, sería el que se dedicara a frenar el número de decesos. Según la estadística, desde mayo pasado, una vez que rebasamos los 10 mil fallecimientos, cada 20 días en promedio, aumenta en diez mil el número de víctimas mortales. El presidente debería estar oliendo ese dolor y ese sufrimiento del pueblo, y ordenando el despido de los responsables.

Cuentan los tabasqueños que antes de que abandonara el gobierno de Tabasco como resultado de la negociación entre el hoy presidente y Salinas de Gortari, cuando sus funcionarios le ponían en la mesa sus renuncias y le sugerían que reordenara su gabinete, Salvador Neme Castillo respondía: “Juntos venimos y juntos nos vamos a ir”. Dicen que cuando uno menos se lo espera, termina convertido en todo aquello que se odia. Ojalá no sea el caso de López Obrador.

*Ingeniero agrónomo. Simpatizante de la 4T. Ex colaborador en Sdpnoticias.com 

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