Opinión

EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

 

Biden, López y los contrapesos externos

Óscar Constantino | @TheOCGlobal

 

López Obrador desempeñó el nada honroso papel de virrey del trumpismo: se doblegó en materia comercial y migratoria, convirtió a la Guardia Nacional en un muro de carne y hueso —pagado por nosotros— y sirvió de obsequioso patiño de la campaña de reelección del ogro naranja.

No hay forma de disculpar la sumisión lopista con Donald Trump. De hecho, la lamentable doble moral de la 4T queda evidenciada en su «indignación» nacionalista por la recepción del neoyorquino durante el gobierno de Peña Nieto, que contrasta con sus acrobacias verbales para excusar la falta de carácter del tabasqueño en uno y cada uno de sus intercambios con el ya ocupante de la Casa Blanca.

¿Fue gratuita tanta abyección? No: López Obrador humilló su investidura (y a la nación) a cambio de prestaciones políticas de diversa índole. Quizá la más notable fue la sorpresiva detención de Genaro García Luna, que sirvió de munición en la guerra contra Calderón. Resulta claro que esos favores eran para Andrés y no para el país. En el caso no cabe el eufemismo de la «colaboración para el interés nacional». Lo de Trump y López era un vulgar acuerdo de pandilleros, para su exclusivo beneficio personal —e incluso desfavorable a México—.

Una de las ventajas de la connivencia entre Trump y López era la ausencia de contrapesos externos al poder presidencial en México. Al menos desde la época de Díaz Ordaz, los gobiernos mexicanos tenían que considerar la conformidad de Estados Unidos en ciertas políticas nacionales. Algunos de los cambios más importantes del sistema político mexicano, en los últimos sesenta años, están marcados por la presión estadounidense: la reforma política del 77, la economía de mercado, las comisiones de derechos humanos, la reforma de la Corte Suprema y las instituciones para elecciones libres, son algunos botones de muestra de cuestiones donde la opinión de Estados Unidos fue algo más que una sugerencia.

Por supuesto, este apremio político no sólo ha sido para cuestiones positivas. Los perjuicios de la muy traída y llevada estrategia antidrogas tienen su causa en algunas decisiones de las agencias estadounidenses en México. Lo cierto es que, para bien o para mal, el gobierno de Estados Unidos ha sido una especie de instancia externa de quejas contra las acciones de las administraciones mexicanas. Empresarios, partidos políticos, grupos de interés y otras organizaciones han acudido a sus contactos en el país de Jefferson y Washington para plantear sus inconformidades con lo que consideran abusos y desatinos del poder en México. Algunas de estas presiones e intervenciones han sido evidentes para el público común, como las relativas a las elecciones en México durante la administración de George Bush padre, a finales de los años ochenta y principio de los noventa. El proceso electoral de Guanajuato en 1991, en el que el priista Ramón Aguirre tuvo que dejar el gobierno en poder del PAN, evidencia ese modo de operar.

El acuerdo Trump-López canceló esa instancia de resolución de quejas. A pesar de agravios de peso, como la cancelación ilegal de los permisos para las operaciones de Constellation Brands en Baja California, el gobierno obradorista tenía un fuerte amortiguador de problemas en la Casa Blanca. Sólo que algo fuera del interés directo de Trump, había gestiones para que México cambiara sus acciones o políticas. Sólo así puede explicarse la pasividad relativa con la que Estados Unidos dejó pasar la cancelación del aeropuerto de Texcoco y otras ocurrencias nocivas del régimen actual.

Con la derrota de Trump, la apuesta obradorista se volvió nociva para el gobierno federal. Para el partido demócrata estadounidense, la confabulación Andrés-Donald afrentaba puntos sustanciales de su agenda política (derechos humanos, medio ambiente, intereses laborales en Estados Unidos y feminismo, por mencionar algunos de los más importantes). Pero, si existía alguna oportunidad de que el partido de Andrew Jackson «perdonara» a López Obrador, ésta se esfumó con la visita a su amigou. En lenguaje del inquilino de Palacio Nacional, su espaldarazo a Trump lo convirtió en un adversario de Joe Biden.

En síntesis, el candidato ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos tiene muchos incentivos para apretarle las tuercas a López Obrador. Ese estado de cosas se agudiza porque López —torpemente— decidió no felicitar a Biden, cuando Alemania, Francia, Canadá y Reino Unido ya se habían congratulado por el resultado de los comicios. La escasa contención verbal de López implica que calificó el respaldo a Biden como cargada, imprudencia, o falta de urbanidad o decencia política… y con ello insultó a los gobiernos de las naciones que ya se habían pronunciado a favor del candidato demócrata.

La resistencia de López marca una penosa ingenuidad o una esperanza poco realista de que Trump pueda obtener en la Corte lo que no ganó en las urnas. Hay quien sostiene que la inteligencia rusa informó a Ebrard sobre algunas evidencias suministradas a Trump que le permitirían obtener fallos que anularían la ventaja de Biden. El problema de esas fuentes es que su narrativa es casi fantástica y parece sacada de una novela de Ian Fleming o Tom Clancy.

Como el que esto escribe es más adepto a los textos de John le Carré y Graham Greene, su opinión es que la obstinación lopista a no reconocer el triunfo de Biden responde más a la imbecilidad e ignorancia de un iluso, que a la tenencia de un expediente rojo con las pruebas de un gran complot anti-Trump. Sólo hay que recordar esto: el relato de un algoritmo maligno, que cambiaba los votos de un candidato a favor de otro, fue expresado en 2006 por los obradoristas, ni siquiera en eso es original la campaña de Donald Trump… que también le copió ese cuento a la serie Scandal. Quizá Trump tendrá que pagarle regalías a Shonda Rimes, ya que se apropió tan burdamente de una historia creada por ella, que su uso se asemeja mucho a un plagio…

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