Política

Castigan el encubrimiento, no el desastre: Pemex evade responsabilidad tras derrame en el Golfo

Ciudad de México.— El gobierno federal finalmente admitió lo que durante semanas negó y desacreditó: el derrame masivo en el Golfo de México sí ocurrió, sí provino de infraestructura de Pemex y sí hubo ocultamiento deliberado. Pero la respuesta oficial volvió a quedarse corta. Se sanciona la mentira interna… mientras el daño ambiental queda, en los hechos, sin responsables claros.

La postura no es menor ni aislada. Proviene de un bloque amplio de organizaciones ambientales y sociales, entre ellas la Alianza Mexicana Contra el Fracking, CartoCrítica, Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), Greenpeace México y Fundar Centro de Análisis e Investigación, cuyo posicionamiento es representado por Manuel Llano.

La narrativa gubernamental reconoce una fuga en el ducto Old AK-C por pérdida de integridad mecánica. También admite que áreas operativas negaron sistemáticamente el incidente, que se ocultaron al menos 350 metros cúbicos de agua oleosa recuperada y que la válvula principal no se cerró sino hasta ocho días después de detectada la fuga. Aun así, la consecuencia política se limita a la separación de tres funcionarios.

Tres nombres para contener un problema estructural.

Porque mientras se castiga el encubrimiento, Pemex —como empresa productiva del Estado— sigue sin asumir públicamente la responsabilidad integral por un desastre que, de acuerdo con estas organizaciones, afectó más de 900 kilómetros del litoral del Golfo de México.

Más grave aún: el propio gobierno reconoce que no tiene un cálculo confiable del volumen total derramado. Sin esa cifra, no hay forma seria de dimensionar el daño, ni de establecer costos reales de remediación, ni de exigir una reparación proporcional. Es, en los hechos, un vacío que favorece la opacidad.

El principio básico de “el que contamina paga” sigue siendo retórica. No hay claridad sobre cuánto costó el despliegue de miles de elementos, embarcaciones, aeronaves, monitoreo y limpieza. Tampoco existe un monto público que Pemex deba cubrir por la atención, restauración y compensación del daño que provocó su propia infraestructura.

En paralelo, el gobierno intenta cerrar el episodio con apoyos sociales: 30 millones de pesos para cooperativas y pagos de 15 mil pesos a pescadores. Montos que, lejos de resolver, evidencian la desproporción frente a la magnitud del impacto económico, ambiental y social en comunidades costeras.

Porque limpiar playas no restaura ecosistemas. Y entregar apoyos no sustituye la reparación integral.

Durante semanas, estas organizaciones y comunidades advirtieron lo que hoy el propio gobierno confirma. Lejos de atender las alertas, las autoridades optaron por desacreditarlas públicamente. Hoy, la realidad les da la razón: no era desinformación, era denuncia documentada.

A esto se suma la parálisis institucional. A un mes de presentadas, las denuncias ambientales siguen sin ser admitidas. La justicia ambiental, una vez más, atrapada en la burocracia, inaccesible para comunidades e indígenas que enfrentan las consecuencias directas del desastre.

El caso exhibe algo más profundo: un patrón. Fugas, derrames, incendios, opacidad y respuestas tardías. El costo real del modelo energético basado en combustibles fósiles no solo se mide en millones de pesos, sino en ecosistemas degradados, economías locales afectadas y confianza pública erosionada.

Hoy, el gobierno reconoce el derrame. Pero sigue sin responder lo esencial: cuánto se derramó, cuánto costará repararlo y quién pagará realmente la factura.

Porque mientras no haya esas respuestas, lo ocurrido en el Golfo no es un caso cerrado. Es otro episodio de impunidad ambiental.

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