Uruapan se levanta: miles marchan contra la violencia y el abandono de un gobierno rebasado
Uruapan volvió a gritar lo que el poder intenta silenciar. Miles de ciudadanos, comerciantes, transportistas, empresarios y estudiantes tomaron las calles y colmaron el Centro Histórico en una sola exigencia: justicia para Carlos Manzo y un alto al terror que consume Michoacán.
La llamada Marcha por la Paz y la Justicia se convirtió en una avalancha de indignación. Desde la Glorieta de Paseo Lázaro Cárdenas hasta el corazón de la ciudad, los gritos fueron tan claros como incómodos:
“¡Él no murió, el gobierno lo mató!”, “¡Fuera Bedolla!”, “¡Grecia no estás sola!”. Voces que no temen señalar a un Estado que —por acción o por omisión— ha permitido que la sangre corra sin consecuencias.
La movilización fue histórica: cámaras empresariales, empacadores de aguacate, sindicatos, colegios de profesionistas y vecinos marcharon codo a codo. Los negocios bajaron cortinas en señal de luto; las gasolineras y transportistas suspendieron labores como mensaje contundente: Michoacán está de paro moral ante la impunidad.
Con camisas blancas o negras, banderas nacionales teñidas de luto y pancartas con el rostro del alcalde asesinado, la ciudad entera reclamó lo que el gobierno de Alfredo Ramírez Bedolla ha sido incapaz de garantizar: seguridad, justicia y verdad.
Mientras la alcaldesa sustituta, Grecia Quiroz, prometía desde el Congreso seguir los pasos de su esposo, en las calles el pueblo le respondía con una promesa distinta: no olvidar, no rendirse y no perdonar.
Hoy Uruapan no marchó por un nombre, sino por una herida abierta. Y esa herida tiene responsables con cargo público y partido político. Porque lo que ocurrió el 1 de noviembre no fue un crimen aislado: fue el retrato del fracaso absoluto de un gobierno que perdió el control, el rumbo y la vergüenza.

