Política

Austeridad para el pueblo, derroche para la élite: el nuevo rostro dorado de la 4T

La llamada “austeridad republicana” terminó convertida en eslogan de campaña. En los hechos, algunas senadoras y diputadas de Morena desfilan entre bolsos de Chanel, joyas de Cartier, bodas de ensueño y camionetas que superan los 2.5 millones de pesos, como si el discurso contra los privilegios fuera sólo para la tribuna.

Las imágenes no mienten: accesorios cuyo precio rebasa por sí solo el salario anual de millones de mexicanos. Bolsas de lujo valuadas en cientos de miles de pesos, relojes y pulseras exclusivas, atuendos de alta gama y celebraciones privadas que contrastan con el mensaje oficial de “primero los pobres”.

En paralelo, el gobierno presume contención del gasto y exige sacrificios presupuestales a sectores estratégicos como salud y educación. Pero en los círculos del poder morenista, el lujo dejó de ser pecado político. Se volvió costumbre.

Las camionetas de alta gama —algunas blindadas— circulan sin pudor en un país donde más de la mitad de la población vive con ingresos insuficientes. El contraste no es menor: mientras se pide al ciudadano que entienda la “realidad económica”, la clase política oficialista exhibe un estilo de vida que poco tiene que ver con la medianía juarista que tanto invocan.

La 4T prometió desterrar los excesos del pasado. Hoy, varias de sus representantes replican —y en algunos casos superan— las prácticas que antes condenaban. La diferencia es que ahora el derroche se justifica con silencio.

El problema no es sólo estético. Es ético. Cuando quienes gobiernan presumen lujo en medio de carencias estructurales, el mensaje es claro: la austeridad era para los demás.

La pregunta inevitable es si ese nivel de vida corresponde con los ingresos declarados y si existe plena transparencia patrimonial. Porque en la narrativa oficial, el poder no era para enriquecerse ni para vivir como élite.

Pero en la práctica, la élite cambió de partido, no de hábitos.

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